pensar el objeto-construir el orígen

conócenos-Albor taller

Albor nace en Tapachula, Chiapas, en el Soconusco. La región donde, hace casi cuatro milenios, los mokaya levantaron lo que hoy se considera la primera cultura de Mesoamérica, y donde probablemente se domesticó el cacao por primera vez. Esa misma región es, hoy, casi invisible en la conversación cultural del país. Nos parece un desbalance histórico que vale la pena corregir, pieza por pieza.

Cacao criollo de la finca

Hacemos muebles y objetos en maderas tropicales. Las piezas son el fin último del proyecto — son la razón por la que el taller existe. Pero hacer las piezas como queremos nos obliga a construir el resto: un equipo entrenado, una práctica, un lugar, una filosofía.

Por eso formamos carpinteros. El Soconusco es una zona marginal donde la oferta de trabajo se limita casi al campo y donde mucha gente migra buscando mejores oportunidades. Formar carpinteros aquí es proponer una alternativa real: que el oficio dignificado y bien pagado sea una opción que existe en casa. A mediano plazo, esa formación interna se va a convertir en una escuela de carpintería en la región — el primer eslabón de un florecimiento cultural en el lugar donde, alguna vez, floreció el primero.

Para sostener todo esto, trabajamos con madera rescatada. Una parte viene de Finca Don Jorge, una finca familiar de cacao criollo de especialidad, donde árboles maderables —caoba, cedro, primavera, guanacastle— han funcionado por décadas como sombra para el cacao. Cuando un árbol cae por edad, tormenta, o ciclo natural, en lugar de convertirse en leña, entra al taller. El resto viene de ejidos y fincas aledañas, donde rescatamos madera de la misma forma. En nuestro proceso no hemos matado ningún árbol.

El taller opera en una bodega que en otra vida fue un beneficio seco de café. Lo que antes secaba grano ahora seca madera. El equipo lo integran Juan, Caleb, Dorian, Memo, y los que vienen.

Albor es el primer rayo de luz del día. Lo que aparece. Lo que empieza.

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